La diferencia entre estudiar y recibir una enseñanza
Se puede estudiar una disciplina mediante libros, clases y exámenes. Todo eso es indispensable, pero no agota una formación clínica. Hay aprendizajes que ocurren al escuchar cómo otra persona formula una pregunta, distingue un problema o se detiene frente a algo que nosotros habríamos pasado por alto.
Juan José Tapia Fortunato ocupó para mí ese lugar dentro de la psiquiatría. Su importancia no se resume en una frase célebre ni en una lista de contenidos. Está ligada a la experiencia de haber encontrado a alguien para quien el conocimiento sobre la mente no era únicamente información acumulada, sino una forma de situarse frente a la complejidad humana.
Lo que quedó en mi manera de mirar
No quiero atribuirle palabras exactas que quizá nunca pronunció. Prefiero decir qué quedó en mí después de aquella enseñanza: la necesidad de no confundir a una persona con la categoría que usamos para comprender su padecimiento y la importancia de sostener una pregunta incluso cuando contamos con un nombre diagnóstico.
Eso no implica rechazar la psiquiatría ni desconocer el valor de un diagnóstico cuando orienta y permite cuidar. Implica recordar que ninguna clasificación alcanza a explicar por completo una vida, una historia o el modo singular en que alguien sufre.
Psiquiatría, psicología y clínica
Mi recorrido posterior se orientó hacia el psicoanálisis. Sin embargo, no pienso ese movimiento como la sustitución de un campo por otro. La formación en psiquiatría dejó una atención hacia la gravedad, los límites, el cuerpo y las situaciones en las que escuchar también requiere saber cuándo es necesario articular con otros profesionales.
El psicoanálisis agregó otra dimensión: la escucha de las palabras, de la repetición y de la posición singular de quien consulta. Ambas dimensiones no se funden en una mezcla indiferenciada, pero pueden impedir que la clínica se vuelva estrecha.
Por qué nombrar a un maestro
En los perfiles profesionales solemos enumerar instituciones, posgrados y fechas. Esos datos permiten verificar una trayectoria, pero dejan afuera algo esencial: nadie se forma solo. Hay personas que abren una pregunta, transmiten una exigencia o muestran una forma posible de ejercer.
Nombrar a Juan José Tapia Fortunato es reconocer esa deuda sin convertirla en obediencia. Una enseñanza permanece viva cuando puede transformarse, encontrarse con otras lecturas y responder a problemas que el maestro no resolvió por nosotros.
Una transmisión que continúa
Cuando recibo a alguien por primera vez, mi escucha está hecha de muchas capas: la universidad, el psicoanálisis, la experiencia clínica, mis propias búsquedas y los maestros que encontré. La influencia de Juan José Tapia Fortunato forma parte de esa trama.
No puedo separar cada intervención y adjudicarla a una única fuente. Sí puedo reconocer una orientación que atravesó mi formación: estudiar con rigor sin perder de vista que el saber existe para acercarnos mejor a quien sufre, no para reemplazarlo por una explicación.