Mi rechazo no era una pose
Había aspectos del psicoanálisis que me producían un rechazo genuino. Su vocabulario podía parecer cerrado sobre sí mismo. Algunas discusiones teóricas parecían olvidar que del otro lado había una persona buscando alivio. Y ciertas maneras dogmáticas de transmitirlo daban la impresión de que cualquier objeción confirmaba, paradójicamente, la teoría cuestionada.
Yo quería comprender de qué manera una práctica ayudaba concretamente a alguien. Frente a eso, el psicoanálisis podía parecerme lento, excesivamente abstracto o enamorado de su propio lenguaje. Durante un tiempo, esas objeciones fueron suficientes para mantenerlo a distancia.
La pregunta que abrió una grieta
A medida que estudiaba psicología, una dificultad empezó a volverse evidente: conocer la causa de una conducta no siempre permite dejar de realizarla. Podemos saber que una relación nos hace daño y volver a ella; comprender de dónde viene una exigencia y continuar obedeciéndola; reconocer que una preocupación es desproporcionada y seguir tomados por ella.
El psicoanálisis no prometía resolver esa contradicción con más información. Proponía escucharla. En vez de considerar la repetición como un error que debía corregirse desde afuera, preguntaba qué función cumplía, qué satisfacción difícil de reconocer podía contener y qué lugar ocupaba el sujeto dentro de aquello que decía padecer.
Fue esa pregunta —más que una respuesta definitiva— la que empezó a modificar mi rechazo.
Lo que encontré en la lectura de Lacan
La obra de Jacques Lacan fue decisiva en ese desplazamiento. Encontré una manera de pensar que las palabras no son solamente un vehículo para describir lo que ya sabemos: también organizan la experiencia, marcan posiciones y producen efectos que no controlamos por completo.
Conceptos como deseo, repetición, transferencia o la relación con el Otro dejaron de ser para mí abstracciones cuando pude reconocer las preguntas clínicas que intentaban nombrar. ¿Desde qué lugar habla alguien? ¿A quién intenta responder? ¿Qué mandato escucha incluso cuando nadie lo pronuncia? ¿Qué se repite en sus elecciones aunque su intención consciente sea otra?
Lacan no volvió sencillo el psicoanálisis. Me permitió encontrar valor en su dificultad cuando esa dificultad servía para no reducir rápidamente una vida singular a una explicación general.
Estudiar sin convertirse en creyente
Cambiar de posición no significó abandonar todas mis objeciones. Sigo desconfiando del lenguaje que se vuelve innecesariamente oscuro, de la teoría utilizada como demostración de superioridad y de cualquier práctica que deje de escuchar porque cree saber de antemano.
Mi recorrido me llevó a un posgrado en Psicoanálisis Lacaniano y a sostener una formación continua. Pero prefiero pensar esa formación como una disciplina de lectura, no como una pertenencia que deba defenderse. Una orientación clínica conserva su vitalidad cuando puede dejarse interrogar por aquello que no encaja.
Qué cambia esto en el consultorio
No espero que quien consulta crea en el psicoanálisis ni que aprenda su vocabulario. Tampoco convierto cada sesión en una clase de teoría. La teoría debe ayudarme a escuchar; no obligar al paciente a hablar como un psicoanalista.
Haber llegado desde el rechazo me ayuda a tomar en serio las dudas de quien teme encontrar un espacio distante, interminable o incomprensible. El encuadre es psicoanalítico, pero la conversación empieza en el lenguaje y en los problemas de la persona que llega.