Cuando pensar deja de ayudar
Pensar puede ordenar, anticipar un problema o permitir una decisión. Pero también puede transformarse en una actividad sin término: revisar una conversación, imaginar todas las consecuencias posibles, reconstruir lo que se debería haber dicho o buscar una certeza que siempre se desplaza un poco más.
Conocí esa lógica desde adentro. No la viví como una falta de inteligencia ni como una simple incapacidad para relajarme. Al contrario: muchas veces el pensamiento se intensifica porque intenta protegernos del error, de la incertidumbre o de una decisión que importa. El problema aparece cuando ese recurso deja de abrir posibilidades y empieza a encerrarnos.
Por eso nunca me convencieron demasiado las órdenes del tipo “dejá de pensar” o “viví el presente”. Pueden expresar una buena intención, pero no alcanzan a tocar aquello que obliga a la cabeza a volver una y otra vez sobre lo mismo.
De una experiencia personal a una pregunta clínica
Mi experiencia no se convirtió automáticamente en saber profesional. Entre una cosa y la otra hubo años de formación: la Licenciatura en Psicología en la Universidad de Buenos Aires, el estudio del psicoanálisis, la lectura de Freud y Lacan, la práctica clínica y una formación específica en mindfulness, meditación y respiración consciente.
Lo personal dejó una pregunta; la formación le dio instrumentos y también límites. Empecé a interesarme especialmente por quienes entienden mucho de lo que les ocurre y, sin embargo, siguen atrapados en la misma duda, la misma anticipación o la misma escena. Ahí encontré uno de los aportes más valiosos del psicoanálisis: comprender no siempre basta para modificar la posición desde la que se repite.
El sobrepensamiento no es igual para todos
La palabra sobrepensamiento reúne experiencias diferentes. Para alguien puede aparecer al acostarse; para otra persona, antes de tomar una decisión. Puede estar ligado a la autoexigencia, al temor a decepcionar, a la necesidad de control, a una conversación amorosa o a una responsabilidad laboral.
Por eso no trabajo con una receta universal para “apagar la mente”. En una consulta importa precisar qué pensamientos vuelven, cuándo aparecen, qué intentan evitar, qué exigencia contienen y qué ocurre en el cuerpo mientras la cabeza trabaja sin descanso.
En algunos procesos, la respiración, la atención o una práctica breve de meditación pueden ayudar a recuperar el cuerpo. En otros, introducir esas herramientas demasiado rápido sería apenas otra forma de exigir calma. El criterio no es la técnica en sí misma, sino lo que tiene sentido para esa persona y en ese momento.
Cómo orienta hoy mi trabajo
Haber atravesado el sobrepensamiento no significa que cada paciente viva lo mismo que yo viví. Tampoco significa que exista un camino idéntico para todos. La experiencia propia solo es clínicamente valiosa si no ocupa el lugar de la experiencia del otro.
Lo que sí dejó en mí es una sensibilidad particular frente al cansancio de quien ya analizó todas las alternativas y todavía no puede decidir, dormir o descansar. Mi trabajo consiste en abrir un espacio donde no sea necesario encontrar inmediatamente una nueva respuesta, sino escuchar qué sostiene la pregunta que no deja de insistir.